Dos palabras, dos manos: una revelación de amistad.

 

                                                Emilio Ichikawa.

 

El escritor Osvaldo Navarro ha dejado la ciudad de Miami y se ha vuelto a México, a Metepec, ciudad que sitúa con recobrado entusiasmo “más cerca del Distrito Federal que Homestead de Miami”. Retorna con una visión bastante crítica de nuestro exilio.  Obvio: Osvaldo es un poeta. Escribió y trabajó en Miami. Amó a su familia y dejó unos cuantos amigos. No es un mal saldo. Escribí una nota cordial sobre el más conocido de sus libros: “El Caballo de Mayaguara”, y otra cuestionadora sobre su novela “Hijos de Saturno”, que provocó un justo alegato del escritor. Aquí están los dos textos para los lectores.

 

                              Dos palabras, dos manos: una revelación de amistad.

 
 

Osvaldo Navarro: el derecho a mentarle la madre a los tomates.

    La felicidad es una pistola caliente.

                                    John Lennon

    La libertad es poder mentar la madre de los tomates                                    Osvaldo Navarro.

 

   

A diferencia de trabajos anteriores, en los que a falta de señas hay que indagar con prudencia para remitirlos cronológicamente, en la novela Hijos de Saturno (Edit. Debate. Madrid. 2002) Osvaldo Navarro (Santo Domingo, Cuba, 1946) desperdiga pistas que nos hablan de la época exacta que le determina perspectiva y escritura.

Se trata del momento de resumen de la experiencia histórica castrista, aquel en que la formalidad revolucionaria se conserva pero al costo de un revisionismo político, intelectual y sobre todo ético que parece cuestionar la prédica inicial del proceso redentor bajo el que se formó el escritor villareño.
En sentido general Navarro se afilia a la sensibilidad romántica de la historia revolucionaria, considerando que el presente no es más que una degradación ilegítima de una gloria inicial, de una edad de oro de la revolución cubana representada por los años 60s. Algunas de sus criaturas literarias, como el guerrero Gustavo Castellón Melián de El Caballo de Mayaguara (La Habana, Edit. Política.1984) o el Comandante Eustaquio de la Peña, de Hijos de Saturno, piensan lo mismo que él.  

   

Hay guiños que fijan esta novela a la época del derrumbe del comunismo internacional como forma de entender una estructuración estatal y nacional; digamos que del “comunismo del siglo XX”, evento que obligó a las élites intelectuales cubanas a una revisión de fondo de la biografía individual.

De esas revisiones resultaron diversos y hasta contradictorios saldos. Por ejemplo, el escritor Jesús Díaz, ya fallecido, dictó respecto al significado histórico del proceso: “...una revolución que no necesitábamos.” El trovador Silvio Rodríguez, sin decir una cosa o la otra, hizo un acto de fe: “Yo me muero como viví.” Por su parte Osvaldo Navarro considera, a juzgar por sus novelas El Caballo de Mayaguara (1984) e Hijos de Saturno (2002), que la revolución cubana de 1959 fue un evento necesario, pero que se malogró por caer en las peores manos. Navarro no aclara sin embargo si ese errático mecanismo de selección donde sobreviven los “peores” o “menos dotados moralmente”, es una deformación frente a la que la misma revolución fue víctima o, por el contrario, una herramienta consustancial (un epifenómeno)  que en un inicio sus artistas e intelectuales no fueron capaces de percibir.

   
 

La referencia al mito de Saturno, quien se traga a sus propios hijos, reforzada en la edición por un detalle del cuadro homónimo de Goya, así como por el epígrafe de El paraíso perdido de Milton con que se inaugura el texto, ya nos adelantan la tesis general del autor. Hijos de Saturno es la historia, digamos la tragedia, de una persona que es devorada por aquellas mismas cosas en que un día creyó.

 

Técnicamente tiene que ver con esa narrativa testimonial, esa literatura de la memoria que tanto ha marcado la novela cubana de las últimas décadas. Navarro, poeta y periodista, encuentra en ese género un sitio cómodo desde el que emitir sus credos de artista; sin embargo, considero que es también un método creativo que lo aguanta demasiado; es decir, que limita el vuelo del verdadero artista. A diferencia de El Caballo de Mayaguara, cuyo personaje es diáfano, convicente, y que como libro emerge naturalmente de una época precisa y se inscribe con fuerza en otra hasta el punto de que toda la generación de los `80 le tiene al menos como un título familiar, el Comandante Eustaquio de Hijos de Saturno tiene demasiadas aristas “postmodernas”, regustos del momento que nos lo hacen más rebuscado que misterioso. De ninguna manera encantador. No importa que la novela sea de carácter testimonial: el encanto puede escasear también en el ámbito de lo real.

Por demás supongo que, aunque está justificado, no me gusta como lector, sobre todo como lector de Osvaldo Navarro, que aparezcan de manera tan fácil temas del “instante” (2002) como las jineteras, las minorías, las religiones afrocubanas, La Habana, el exilio, la conversión comunista otra vez vinculada a la eterna excusa de enfocar la revolución castrista como una fatalidad posbatistiana. Me da la impresión que con estos tópicos Hijos de Sarturno queda ubicada muy explícitamente en las apetencias de lo temporal. Sintoniza muy cómodamente.

Quisiera aclarar que los lances comparativos entre las referidas novelas del autor están justificados al menos por estas razones:

a- Por la familiaridad procedimental que hay entre ellas; se trata, en ambos casos, de testimonios novelados.

b- Porque, en efecto, son resultados del coherente universo intelectual de Osvaldo Navarro.

c- Porque hay una afinidad biográfica entre sus protagonistas; referida incluso  explícitamente en Hijos de Saturno:  El Comandante cabalgó toda la noche bajo chubascos intermitentes, y sólo a media mañana del siguiente día logró encontrar a quien buscaba, un hombre conocido como el Caballo de Mayaguara, al cual lo unía una amistad mantenida en silencio, como si no existiera, pero sostenida por ambas partes con suficientes muestras de voluntad... (edic. cit. P. 22)

Por demás, es precisamente esta edición de Hijos de Saturno quien aclara el destino oculto del personaje más conocido de Navarro. Dice el libro en su “Breve explicación final”: El Caballo de Mayaguara (Gustavo Castellón Melián). Se destacó sobremanera en la lucha contra los adversarios de la revolución en el Escambray. A principios de los años 80, se ahorcó, colgándose de una cuerda de enlazar vacas, de un arquitrabe de su casa en Cumanayagua. (p. 302)

La historia del Comandante Eustaquio es sorprendente y por lo mismo un tanto ajena. En cualquier caso, uno no alcanza a querer a este personaje; es demasiado rudo, demasiado creído de sí mismo. La sabia ternura de los padres del Comandante, y la independencia social y moral de Engracia Leclerc-Magdalena Chamiso, la mulata griega (tiene sorprendentes ojos claros), son los caracteres más felices de este libro.

Las premoniciones ecologistas de este comandante guerrillero resultan raras y un tanto desacomodadas a su rusticidad (que a veces llega a ser familiar  guapería); para no hablar de sus opiniones y experiencia con las mujeres, atravesadas por un machismo bastante ordinario aún en el contexto del estereotipo criollo.

Por momentos, y con mucha discreción, Navarro intenta ser su propio crítico deslizando en la novela opiniones sobre el arte de escribir, refiriendo obras y documentos, concluyendo que, en fin de cuentas, el verdadero protagonista de esta trama, y del mismo proceso revolucionario, es el lenguaje. Y como se trata de un verdadero poeta, Hijos de Saturno es también un ejemplo del uso conveniente del idioma (aunque los “españolismos” adulteren el alcance de algunas frases).

Navarro dice lo que quiere de la mejor forma que quiere. Juega con las palabras, las arma y desarma, asalta las etimologías. Hay un momento, cuando describe Topes de Collantes y refiere la tuberculosis, en que dibuja lo obsceno a la altura de José Donoso. Y otro, que no puedo dejar de referir, en que inserta una décima que es una de las composiciones de amor más hermosas de nuestra literatura:

La mariposa a tu pelo

sube volando y se posa,

como si la mariposa

supiera dónde está el cielo.

 

Feliz el que su consuelo

encuentra en ti que lo pierdes.

 

Feliz cuando la recuerdes,

hombre de daga de lirio,

si vives con el martirio

de cultivar ojos verdes. (p. 41)

Hijos de Saturno, en todo caso, no es el libro de Osvaldo Navarro. Su genio poético (además de Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, Navarro es de los pocos que son reconocidos como poetas por los sectarios repentistas criollos), su honestidad intelectual, su agilidad periodística, su paciencia profesoral, su cultura literaria y, por último, esa intensidad biográfica que hoy satura con su descomunal experiencia exiliar en Miami (cápsula pre-moderna desde la que miramos la postmodernidad), le han hecho ya inservible ese género de narrativa testimonial tan socorrido para los novelistas indecisos.

Vendrá ahora el bardo, el demiurgo, el poeta definitivo  o  la novela total. Dios no es fútil y sus lectores y amigos no se conformarán con menos.

Navarro, Osvaldo. Hijos de Saturno. Edit. Debate, Madrid. 2002.

ISBN: 968-11-0561-3

302 pp.

Emilio Ichikawa.

Sept. 2005.

 
 
Carta a Emilio Ichikawa
 

Querido amigo:

Me he demorado más de un mes en escribir los comentarios que, tan generosamente, me pediste acerca de tu crítica a Hijos de Saturno en tu artículo “Osvaldo Navarro: el derecho de mentarle la madre a los tomates”, porque mis apremiantes labores, no precisamente literarias,

me lo habían impedido, y porque estimé indispensable hacerlo con la objetividad y el respeto que tu inteligencia y tu amistad merecen. Tampoco quería que fuese, en modo alguno, una autodefensa, sino hacerlo con la separatidad con que he comentado otros materiales tuyos sobre temas no relacionados conmigo.

Ante todo, debo expresarte mi satisfacción por que tus opiniones se aparten de esa mala tradición cubana en que la “crítica literaria” se emplea como ditirambo para complacer a los amigos o como arma para atacar a los adversarios. Después de leer esa crítica, mi admiración y mi estima hacia ti, que ya eran muchas, han crecido, porque ésta es una confirmación de tu honestidad intelectual, que es, en fin de cuentas, una manifestación de tu alta integridad personal. Sin embargo, creo que no logras un corte, digamos epistemológico (epistémico), con esa otra rémora de la crítica cubana, que es el impresionismo. Tú, un filósofo que, según he deducido de tus escritos, no tienes puntos de contacto con la tradición positivista. Esperaba y espero de ti una hermenéutica que no privilegie el gusto en detrimento de los significantes y los significados, y, para hablar en los términos de la vieja escuela semiótica, que no preste más atención a los contextos que a los textos.

Creo, sinceramente, que tu crítica, en términos teóricos, se resiente en algo fundamental: refiere el testimonio y la memoria como si fueran un método literario. El testimonio, en los años 60 del siglo pasado, en Cuba y en ciertos sectores literarios de América Latina, se entendió más bien como un género, tanto que la Casa de las América(s) lo incluyó como tal en sus concursos anuales. Para mí, en los contados casos en que sobrepasó la chatura y las torpezas de escritores aficionados, y fue, incluso, más allá del buen periodismo, se convirtió en una variante de la novela, cuyo género, según Bajtin, por ser el único realmente nuevo, está todavía en evolución, y admite cualquier tipo de modalidad experimental; incluso, el uso de recursos como la historiografía y el ensayo. La memoria, por su parte, es algo consustancial, no sólo a la literatura, sino al hombre mismo. La tendencia memoriosa de la novela cubana de los períodos revolucionario y posrevolucionario se debe, a mi modo de ver, a que sus autores, por haber tenido experiencias vivenciales extremas en un momento histórico de suprema complejidad, sintieron la necesidad de dejar constancia y de fijar algunas coordenadas que sirvieran de guía a todos los que, una y otra vez, en el futuro, volverán a los hechos, para sacar conclusiones acerca de lo que sucedió en realidad.

Esto de la realidad viene muy bien porque, la que tú denominas novela testimonial o de la memoria, es, en términos de teoría literaria, una novela (sería inapropiado hablar de una novelística) realista. El realismo, con todas sus variantes –realista a secas (Balzac), mágico (García Márquez), maravilloso (Carpentier), socialista (Gorky), crítico (Solschenitzin, Kundera)– sí es un método literario, ampliamente estudiado y exaltado por pensadores de muy diversas tendencias filosóficas.

Vayamos por partes. Tú encuentras varios parentescos, que me parecen atinados, entre el protagonista de El Caballo de Mayaguara y el de Hijos de Saturno, pero no tienes en cuenta las diferencias. La primera de estas distinciones radica en que Gustavo Castellón fue una persona real, que yo traté de convertir en un personaje literario, mientras que Eustaquio de la Peña es un personaje de ficción, que me esforcé en presentar como una persona real. Si el Caballo de Mayagura había sido un testimonio que muchos recibieron como si se tratase de una novela, mi intención con Hijos de Saturno fue escribir una novela que semejara un testimonio.

Cuando me propuse escribir El Caballo de Mayagura, pensé en un texto, no al estilo de las novelas de caballería, tal cual alguien ha escrito, con las que nada tiene que ver, sino siguiendo el paradigma de poemas épicos cuyos ejemplos fundamentales tenía en cantares de gesta como El cantar del Mío Cid y La canción de Roldan, sólo que en prosa. De ahí la cita de El Quijote que introduzco al comienzo del libro: “que la épica puede escribirse tanto en prosa como en verso”. Esto quiere decir que no estaba en mi propósito escribir una novela, sino narrar la vida de una persona que entonces percibía excepcional, con muchos rasgos de epicidad.

Comencé a escribir Hijos de Saturno en 1984, año en que apareció la primera edición de El Caballo de Mayagura. En ese entonces, estaba bajo el influjo de pensadores marxistas o filomarxistas, sobre todo Luckács y Gramci, y no dudaba (no estaba indeciso) de que el realismo era el mejor método para expresar mis ideas y mis preocupaciones. Tenía razones suficientes y ejemplos como para creer que este método me daba la posibilidad de emplear la crítica; pensaba, pues, en un realismo crítico. En ese empeño me servía de sustento la expresión de Engels en el sentido de que el realismo es la creación de personajes típicos en circunstancias típicas.

En un simposio literario realizado en el Centro Alejo Carpentier, en La Habana, en marzo de aquel 1984, en una ponencia (que no en una quitancia) titulada “Acerca del reflejo de la realidad en la poesía cubana actual”, expresaba mis ideas sobre el tema:

“El problema del reflejo de la realidad en la obra literaria, al igual que en cualquier obra de creación artística, ha pasado a ser, desde hace muchos años, uno de los temas más controvertidos de la lucha ideológica que, en el terreno de la estética, se desarrolla en el mundo contemporáneo. Cada día suman más los escritores y artistas de todas las latitudes que reconocen en el realismo una mayor posibilidad para explicar el mundo circundante y de contribuir por esa vía a su mejoramiento y a su transformación”.

 

Mis razones tenían un claro matiz no sólo estético, sino político. Creía en la capacidad revolucionaria del arte y la literatura para transformar la realidad. Por lo tanto, veía en el realismo la única posibilidad de efectuar, desde adentro, una denuncia de los males que aquejaban a la sociedad cubana de entonces, que me parecían circunstanciales y, por lo mismo, superables mediante la crítica:

 

“el realismo como método artístico, cuyos objetivos esenciales son la búsqueda de la verdad y la denuncia de los males que aquejan a la sociedad en nuestros días, cualesquiera que sean esos males, ha entrado también a formar parte de la lucha política”.

 

Esta ponencia fue incluida en una sección de La Jiribilla, ese libelo dictado por el odio, que se emite en Internet desde Cuba, en la que se me acusa, entre otras falsedades, de haber defendido el realismo socialista, sin que pudieran citar una sola frase para demostrarlo. Para mi sorpresa, fue retirada poco después de su publicación; no creo que tanto por el temor legal de haber hecho uso de un texto inédito sin autorización del autor, ni por repugnancia moral, sino porque percibieron que se trataba de un material que, además de contradecir sus acusaciones, mantenía un filo “peligroso” para sus intereses estéticos y políticos.

 

Todo lo anterior, para indicar que el comandante Eustaquio de la Peña no es un personaje pensado para resultar agradable, cercano, como Gustavo Castellón. Mientras Castellón está cargado de exaltación épica, la epicidad del Comandante está concebida más para la reflexión, según el método del distanciamiento brechtiano. Si así fuera, su ajenidad sería parte de la intencionalidad literaria. Con excepción de los padres del Comandante y de Engracia Leclerc, que son libres a su manera, y que, por lo mismo, pueden suscitar admiración, los demás personajes de la novela no fueron concebidos para resultar encantadores, sino para mostrar a seres humanos plagados de contradicciones y de frustraciones, que, sin embargo, querían que el mundo fuera mejor. El protagonista principal se debate entre la tosquedad y la rudeza del campo y la insaciable satisfacción de una ciudad ganada por la novedad y la extravagancia; entre la ignorancia y la cultura; entre el amor y el sexo prostituido; entre la vida práctica y los sueños; entre la política y la revolución como formas de propiciar cambios. Su guapería no es ajena al valor que se necesitaba para jugarse la vida, y su machismo no es extraño a las circunstancias en que transcurre su vida, cuando el feminismo a lo Vilma Espín no había inficionado las relaciones hombre-mujer.

 

Pero Eustaquio de la Peña no es tan rudo como para no enamorarse de una puta casi en su adolescencia y escribirle décimas de amor. No puede ser tan rudo como para no experimentar tristeza y desilusión. (Además de una cita de El Paraíso perdido, pude haber incluido, también, una de Las ilusiones perdidas). El autodidacta que aprendió la gramática española en manuales, y que se había leído en La Habana los más subyugantes libros del mundo podía tener rasgos posmodernos. El hombre que describe, tan tempranamente, con tanto amor y precisión, la naturaleza del Escambray, podía, por qué no, ser un ecologista espontáneo en su vejez.

 

Para mí, como autor, lo importante no está en que la vida del Comandante sea sorprendente o no, sea digna de admiración o no, sino en que él, como personaje, resulte literariamente creíble.

 

Tanto en esta novela como en El Caballo de Mayaguara, me limité a narrar la vida de mis personajes y a presentar sus opiniones, que no son necesariamente las mías. Es de viejo conocido que, cuando en una narración cualquiera, el autor emite sus opiniones, se crea lo que, con toda razón, se llama un panfleto. En lo estrictamente personal, no pienso que la cubana fuera una revolución que no necesitáramos, por la sencilla razón de que los hechos históricos ocurren independientemente de la voluntad de los hombres; tampoco asumo el dogmatismo paralizante de que me vaya a morir como viví.

 

El Caballo de Mayagura y Eustaquio de la Peña no fueron concebidos como personajes románticos, aunque en todos los héroes y antihéroes de la modernidad pueda haber rasgos de esa escuela. He tratado de encontrar o de crear personajes con entusiasmo épico, el cual, en la vida real, se confunde con el entusiasmo romántico. Estos dos personajes son románticos sólo en el sentido de creer en que una revolución puede resolver problemas sociales, pero fueron antirrománticos cuando percibieron que estaban errados. De ahí su tragicidad. Aristóteles decía que la tragedia comienza en el mismo momento en que los héroes equivocaban su destino. Como románticos enfrentaron la muerte, al tener actitudes suicidas en el combate, pero ambos murieron dándose muerte a sí mismos o, para decirlo en buen cubano, matándose, algo que va mucho más allá de lo romántico y lo épico.

 

Mi opinión sobre el romanticismo revolucionario, tan emparentado con esa otra enfermedad que es el nacionalismo cubano, la tienes (la tienen tus lectores) en un artículo mío titulado “La revolución, el suicidio, el holocausto, el crimen” (Carta de Cuba, Nro. 19), que te entregué personalmente, recién salido, y que no cito para no resultar abusivo.

 

Según desprendo de tus opiniones, Hijos de Saturno es una novela fallida, a la que sólo le reconoces la creación de tres caracteres: los padres del protagonista principal y Magdalena Chamizo-Engracia Lecrec. Le reconoces un uso “conveniente” del idioma español, aunque no sé a qué te refieres cuando afirmas que los “españolismos” adulteran el alcance de algunas frases. En este sentido debo recordarte que el español en que se expresa el comandante Eustaquio de la Peña es una ficción literaria, que no sería tan ajeno al ceceo con que se expresa, digamos, Juan Almeida, un comandante real, autor de canciones famosas, quien, en su afán por parecer culto, pronuncia corazón con zeta y todo.

 

¿Cómo es posible, Emilio, que en una novela tan defectuosa como la que presentas en tu crítica puedas hallar un momento narrativo “a la altura de José Donoso” y una décima que es “una de la composiciones de amor más hermosas de nuestra literatura”?

 

Tampoco me explico por qué un cubano tan entrañable como tú, no percibas el humor y la ironía con que concebí la realidad en ciertas partes de la novela. Fallé de veras si tú, como lector, no ves, por ejemplo, que, cuando hago mi propia crítica, me estoy burlando de los gacetilleros literarios cubanos, tan propensos a repetir lo que dicen otros más autorizados o, simplemente, lo que dicen otros. Escribí que era una novela con rasgos de posmodernidad como pude haber dicho que era una descarga, no al estilo del jazz soneado o el son jazzeado de Cachao, sino en el otro, ése en que los cubanos solemos desprendernos de nuestras angustias y nuestras desesperanzas, para tormento de quienes nos oyen o nos leen. Dediqué 16 años a escribir Hijos de Saturno. Por eso, tal vez, otros se me adelantaron en determinados temas. Pero estoy tranquilo. No soy un novelista profesional, sino un intruso, que no vive de lo que escribe, ni vive para escribir, aunque sé que mi única posible virtud como escribidor está en decir bien (españolismos aparte) lo que quiero decir.

 

Finalmente, te diré que no te agradezco, porque sería una formalidad que contigo no me veo obligado a cumplir, sino que siento muy sentidamente, para hablar con las redundancias bellísimas del mexicano que casi soy, tus opiniones, que me han llamado a reflexionar sobre temas que casi había olvidado y sobre aspectos teóricos de la literatura que había creído agotados en las aulas de ciertas universidades en las que me pagaban para enseñar teoría literaria; es decir, para especular sobre nada.

 

En tu crítica me calificas de poeta verdadero, incluso de demiurgo, en el sentido platoniano del Dios creador, y, en nombre de mis lectores y mis amigos, que tú tan dignamente representas, pones sobre mis hombros la responsabilidad de ser el poeta definitivo o el escritor de la novela total. Sé con cuanta sinceridad y admiración lo dices, pero, francamente, no estoy seguro de que mi “intensidad biográfica” y mi “descomunal experiencia exiliar en Miami” me dejen fuerzas, inteligencia y voluntad para una tarea tan “descomunal”. Si no pudiera cumplir, no pido a mis amigos y a mis lectores que se conformen, sino que me comprendan. Ni los propios dioses pueden actuar contra su destino o, tal vez, contra sus errores.

 

Osvaldo Navarro

Doral, octubre 10 del 2005

 
ichikawakant@hotmail.com
 
Publicado en Bitácora Cubana - 24 de diciembre de 2005